La Duquesa de Cambridge, Kate Middleton, mujer del heredero al trono británico, ha sido sorprendida en paños menores en el balcón de su casa de veraneo en la Provenza por un fotógrafo caza recompensas. No es que sus atributos femeninos sean distintos a los de cualquier otra mujer, es que las revistas sensacionalistas pagan mucho por este tipo de material, para regocijo de sus curiosos clientes que hacen millonaria a la revista en un “golpe de suerte”. Un negocio redondo. Así de simple. Si no fuera quien es, no saldría en esas revistas ni la perseguirían. Pero como es quien es, sale.
Pero la idea no es hablarles de la Duquesa ni de sus atributos sino del derecho a la información y la libertad de expresión. El otro caso que ha dado mucho que hablar ha sido una película producida en Estados Unidos donde se ridiculiza a Mahoma y un comic francés donde también se hace lo propio. No es la primera vez que sucede. En el primer caso han fallecido varias personas en países islámicos como represalia a esas mofas. Algo considerado blasfemo por quienes profesan la religión de Mahoma. Asesinatos que no tienen ninguna justificación, pero que los fundamentalistas acometen como si ultrajaran a su propia esposa.
En el caso de la Duquesa de Cambridge no estamos ante una información, ni se trata de una noticia y, por tanto, el derecho a la misma no se puede invocar por que no existe. Además, las fotografías se toman en un lugar privado, como es una propiedad particular. Y recogen imágenes íntimas. Por tanto los jueces han dictaminado correctamente a la hora de retirar esas imágenes. Estoy seguro de que les caerá una multa importante a las revistas que hayan publicado esas fotos. Poner en evidencia a una persona –por muy pública que sea- por ganarse un pastón es realmente vil. Otra cosa es que la tía fuera una fresca que hace negocio con sus carnes y estuviera en un lugar público.
Al mismo tiempo, quienes ridiculizan a Mahoma –como quienes se burlan de Jesucristo- suelen esgrimir la libertad de expresión para lanzar sus escarnios. Otra equivocación. Si tu libertad lleva a ofender a otra persona o personas eso es un atropello a su dignidad, cuando no a otra serie de derechos. ¿Vale más tu libertad para ofender que la libertad del otro? Eso no es libertad. Generalmente quienes son incapaces de usar su inteligencia para rebatir ideas y opinar con respeto utilizan la libertad de expresión como defensa de su ineptitud, prostituyendo así un precioso y sacrosanto derecho humano.