La falta de liquidez vino por la excesiva liquidez. Eso originó las hipotecas subprime en EE.UU. y la alegría inmobiliaria en España. El modelo necesita una profunda revisión . No recuerdo que ninguna entidad financiera española haya salido a la palestra diciendo algo así como “hemos cometido un error al comprar activos financieros de origen hipotecario de alto riesgo –es decir las subprime-, por valor de tanto dinero y vamos a solventarlo con venta de activos y ampliaciones de capital”. Con esta claridad solo se lo he escuchado de viva voz al consejero delegado de UBS España, Mónica Garay, y también dijo algo parecido el presidente de Caja Laboral, quien tuvo un quebranto de 40 millones por cuenta de los bonos emitidos por Lehman Brothers. Esto significa que el sistema no ha cometido esos fallos o que el sistema no es transparente. Y las dos cosas son verdad. Desde luego, la quiebra del banco de inversión norteamericano está trayendo de cabeza a varias entidades españolas, con muchos afectados en Andalucía y Sevilla, por el quebranto que ha supuesto para sus clientes.
Aunque, al fin y al cabo el banco no ha perdido dinero, han sido sus clientes. Y estos, encabronados, quieren demandar a los bancos, pero las grandes firmas de abogados de este país –por aquello del conflicto de intereses- no van a defenderlos.
Este recordatorio viene a cuento, a propósito de la crisis de confianza que existe en los mercados y que provoca falta de liquidez en el sistema. Además de que esta crisis –la de confianza- tiene un origen antropológico –y que ha provocado otras crisis antes de la económica y más duraderas-, una de las condiciones para superar esta quiebra es decir la verdad. O, con un lenguaje más suave y mercantilista, ser transparentes. Y los primeros que tienen que ser transparentes son los miembros del Gobierno, para seguir en cascada con los demás protagonistas necesarios, por omisión y comisión.
El caso español difiere básicamente de otros países en que las instituciones financieras utilizaron la extraordinaria liquidez en hacer negocios inmobiliarios y en apalancar hasta grados prohibitivos financiaciones empresariales sin tener en cuenta los riesgos reales y las necesarias garantías. Demasiada alegría. Alegría del que está un poco piripi y termina un poco bebido, sabiendo que luego tiene que conducir. Una irresponsabilidad grave. Da la impresión –nunca se puede generalizar- que las entidades financieras se han venido fijando más en sus accionistas que en sus clientes. Antes mucho dinero y buenas comisiones, y ahora poco dinero y más caro…¿para seguir cuidando a sus accionistas? Este es un juego de equilibrios. Quizá tengan que pensar los responsables de las entidades financieras que ha llegado el momento de enfocar el negocio hacia el cliente porque sino éste le dejará. Y el Gobierno también debería de tener en cuenta este punto de vista a la hora de destinar dinero público a la compra de activos y a asegurar las emisiones de deuda de bancos y cajas. Hay que salvar los platos, sí. Pero la enfermedad es más profunda. Sino vamos a la raíz, se volverá a reproducir.